Alejandro Bestard
CEO de WEL
Cada año pasa lo mismo. RRHH arma el proceso. Define los formularios. Comunica las fechas. Persigue a los líderes. Consolida los resultados. Genera el reporte.
Y después... nada.
Los mismos que rendían bien siguen rindiendo bien. Los mismos que no rindieron siguen en el mismo lugar. Las decisiones de bono y ascenso se toman igual que antes. Y el año que viene, el proceso vuelve a empezar desde cero.
Si eso te suena familiar, el problema no es tu proceso. Es lo que pasa — o no pasa — después de él.
Cuando los resultados no están atados a ninguna decisión concreta — ningún bono, ningún ascenso, ningún plan de desarrollo real — el mensaje que recibe la organización es claro:
"Esto es un trámite."
Y si es un trámite, se trata como un trámite. Se completa a las corridas, sin reflexión, sin honestidad. Los líderes ponen notas que no incomodan a nadie. Los colaboradores lo ven como algo que les hace RRHH, no como algo que les sirve a ellos.
El ciclo se cierra. Nadie cambia nada. El año que viene, lo mismo.
No hace falta rediseñar todo. Hace falta resolver tres cosas concretas.
Esta es la pregunta que más se saltea. Y es la más importante.
¿Qué va a pasar exactamente con los resultados? ¿Lo saben los colaboradores antes de ser evaluados? ¿Existe una política clara que diga: quien llegue al X% de desempeño recibe esto, y quien no llegue enfrenta esto otro?
Si esa política no existe por escrito, la evaluación no tiene consecuencias reales. Y sin consecuencias reales, no hay motivación para tomársela en serio.
La regla es simple: definí las reglas antes de empezar, no después. Y comunicalas a toda la organización.
Completar el formulario no es evaluar. Evaluar es la conversación que viene después.
Cuando un colaborador recibe su resultado sin contexto, sin ejemplos concretos, sin que nadie se siente con él a explicar qué estuvo bien y qué necesita cambiar — el número en la pantalla no significa nada. No cambia comportamientos. No genera compromiso. No desarrolla a nadie.
La cultura no se cambia con formularios. Se cambia con conversaciones.
Esa conversación tiene que incluir cuatro cosas: el resultado con detalle, las fortalezas y oportunidades concretas, feedback en ambas direcciones, y un plan de próximos pasos que no termine en "hablamos".
La conversación de devolución no puede terminar en buenas intenciones.
Tiene que terminar en un documento simple — qué se quiere lograr, qué pasos concretos, cuándo, y cómo vamos a saber que se cumplió. Y noventa días después, alguien tiene que sentarse a revisar cómo viene ese plan.
Ese seguimiento es el paso que más diferencia hace. Y el que más se saltea.
Si al terminar el ciclo RRHH no puede responder estas tres preguntas con datos concretos, el proceso no está funcionando:
Si alguna de esas respuestas es "no sé" o "más o menos", el problema no es la evaluación. Es que el proceso termina cuando debería empezar.
Guía completa de Evaluación de desempeño
Un ciclo bien ejecutado no es el que se cierra más rápido. Es el que genera algo concreto del otro lado: una persona que sabe qué se espera de ella, un líder que tuvo una conversación difícil y necesaria, una organización donde las decisiones se pueden explicar con datos.
Eso no requiere un proceso complejo. Requiere claridad sobre para qué se evalúa, y disciplina para hacer lo que sigue.
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